EN EL DÍA DEL PERIODISTA, CON EL MISMO COMPROMISO POR UNA INFORMACIÓN CON MÁS MEMORIA Y FUTURO

Por Marta Riskin*

Por un lado, la justicia del reclamo de veracidad informativa que sigue a la innegable caída del mito de la independencia y objetividad de los medios de comunicación. Por otro, porque la pandemia puso en perspectiva casi todos los aspectos de la vida personal y colectiva. Ningún ser humano es ajeno a sus efectos materiales ni emocionales pero, la mayoría de sus víctimas se cuentan entre aquellos que el neoliberalismo juzga prescindibles. Las estadísticas lo prueban.

Juicios como “que mueran aquellos que tengan que morir” apuntan a los viejos, los trabajadores precarizados o desocupados, a los pobres y hambrientos.

Sin embargo, a pesar de las sofisticadas herramientas diseñadas y puestas en marcha para reducir la subjetividad al propio ombligo, son cada vez más las personas que amplían el alcance de sus miradas y reclaman por los derechos humanos. Entre ellos, el derecho a la libertad de expresión.

La historia argentina puede seguirse a través de los documentos de hombres y mujeres atravesados por el ejercicio del periodismo y sus islas cercanas. Desde el 14 de mayo de 1810, cuando llega a Buenos Aires la fragata Mistletoe con periódicos que confirman el fin de la Junta Central de Sevilla y hasta la actualidad, los profesionales de la palabra pública han iluminado y avergonzado a la Madre Patria.

Un 7 de junio, Mariano Moreno formulaba las metas del periodismo nacional. “El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la execración con quienes miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir sus delitos. El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Para logro de tan justos deseos, ha resuelto la Junta que salga a la luz un nuevo periódico semanal con el título de Gazeta de Buenos Ayres”

Para que nadie dudase que el objetivo era educar al soberano y dada la cantidad de analfabetos, también se declara su lectura obligatoria en las iglesias, después de misa.

Ahora, ya no sorprende que la defensa de los derechos humanos se considere síntoma de corrupción o se destine a censurar a las mujeres. Tampoco, el unánime acuerdo de quienes concentraron poder económico y distribución de la palabra. Continúan en penumbra las dificultades para articular las diferencias que, al respecto, hubo entre los revolucionarios.

Hoy, honrar la memoria de los grandes maestros y de los medios de comunicación comunitarios que – a fuerza de pulmón y coraje aún esperan pautas que reconozcan sus servicios de cuidado y difusión – requiere incluir una mayor conciencia por parte del campo popular que, los conflictos domésticos suelen favorecer a quienes encubren sus mezquinos intereses comunes, con acciones y consignas violentas.

Bienvenida la pluralidad de voces para demostrar que no es el pueblo quien erige como periodistas a ignorantes sin dignidad ni compromiso ético con la verdad y la palabra.
Bienvenido el debate para articular -sin ocultar- las contradicciones. Bienvenida la celebración del periodismo con buena memoria porque, tal como señala Juan Gelman: “En realidad, estoy hablando del futuro. ¿Dónde está uno si no?”

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