Oppenheimer lidera el ránking con la predicción de 8.100 puntos del S&P a diciembre. Los 7.000 puntos que no pudo conquistar en 2025 constituyen hoy el pronóstico más pesimista.
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Wall Street espera que 2026 sea otro año espectacular.
Con todo, 2025 no fue un año apacible, aunque sí rendidor. En abril, cuando Trump lanzó la saga de los aranceles recíprocos – “Liberation Day” – la Bolsa cayó al borde mismo de un mercado bear, casi 20%. El secretario del Tesoro, y el establishment en pleno, convencieron a la Casa Blanca de dar una rápida marcha atrás, y fue santo remedio. En octubre y noviembre, la silueta de una corrección acechó inclemente hasta que John Williams, de la FED de Nueva York, sugirió que la baja de tasas de diciembre seguía en pie pese a la fuerte oposición interna (como ocurrió). El mercado bull debe agradecer los servicios prestados por Bessent (el celoso domador de las tasas largas) y de la FED. Sin su colaboración, luciría más abollado.
¿Qué espera Wall Street de 2026? Que la fiesta continúe. Oppenheimer lidera el ránking con la predicción de 8.100 puntos a diciembre. Los 7.000 puntos que no pudo conquistar constituyen hoy el pronóstico más pesimista (Stifel Nicolaus). Un avance adicional de 14%-16% es la estimación más frecuente, y no alcanza para acceder al podio. ¿Dónde están los que apostaban a la corrección inevitable después de ver cortar las barbas de las criptomonedas y los metales precios en octubre y noviembre? Ahí, en ese pelotón de optimismo. No se pretenda, entonces, que estas proyecciones sean certeras. Pero son útiles, como cualquier veleta, para saber hacia dónde sopla el viento.
Se cree que la Corte Suprema objetará los aranceles que aplicó Trump basándose en la declaración de Emergencia Económica. Se entiende que echará mano a otros y no será un percance grave. Tampoco se cree que tendrá éxito en su moción de remover a la gobernadora de la FED, Lisa Cook. Pero si va a haber un sobresalto temprano puede ser cuando el gobernador Stephen Miran, el troyano que introdujo Trump, vuelva a su trabajo en la Administración y el presidente nombre a un reemplazante. Si fuese Kevin Hassett ardería Troya por adelantado, aunque después se busque a alguien más solvente para sustituir a Powell. La elección de un nuevo timonel en la FED es a 2026 lo que fue la cruzada de la Liberación Arancelaria a 2025. La crónica de una colisión anunciada, evitable, desde ya; pero que ocupa un lugar especial en el corazón del presidente y avanza peligrosamente.
Para que no cunda la zozobra cuando se ejecute, la incomodidad de un mal paso eventual debería sentirse desde mucho antes. En otras palabras, las tasas largas deberían trepar por adelantado. La de diez años superando 4,25% y dirigiéndose a 4,50% pondrán el fervor bursátil en el congelador. La de treinta años perforando 5% le hará la campaña al gobernador Chris Waller (la solución no traumática a mano) de una manera que será difícil resistirse.
La economía, como se ve, preocupa mucho menos. El mercado de trabajo desvela a la FED. Y por eso Wall Street, que confía en su capacidad, no se inquieta y toma riesgos. Los pedidos de desempleo de la última semana de diciembre fueron los más bajos de todo el año. Quizás los tres recortes de tasa de 2025 ocurrieron a tiempo y no se precise más auxilio para estabilizarlo. La actividad económica en sí misma vuela, sin que aumente el empleo, lo que señala un repunte sólido de la productividad. Tal vez sea un beneficio temprano de la inteligencia artificial (IA). Es dudoso. Pero lo que los balances señalan sin lugar a dudas es un mayor retorno del capital. Y los márgenes de rentabilidad de dos dígitos prometen ampliarse. Por último, el fervor por la IA puede calmarse y el rally proseguir por otros senderos. Las ganancias ya no están concentradas en las siete acciones magníficas. Se descuenta una contribución creciente de las 493 compañías restantes del S&P 500. La migración de tecnología a sectores cíclicos, por caso, ya comenzó a observarse con nitidez.
De la FED no se espera demasiado, aunque Chicago consigna dos bajas de tasa en el año. Para ello, la sucesión de Powell debería resolverse en paz y la inflación reducirse. Esa es la agenda del segundo semestre, cuando el efecto de la suba de aranceles de 2025 se disipe. A esta altura, cabe pensar en qué habrá que atravesar antes alguna tormenta. Ya se dijo: el enemigo mortal del mercado bull es la recesión. Todo lo demás es negociable. Y la recesión no aparece en el radar. Habría que fabricarla cometiendo alguna gaffe grosera (y luego sostenerla con tozudez). Trump es a quien miran todos, más en un año con encuestas en contra y elecciones de mitad de término. Wall Street confía en que se repita el dibujo de 2025. Que cuando la sangre esté por llegar al río, el sentido común le cierre el paso. Trump quiere tasas más bajas y hacer una buena elección. Nadie debería estar más interesado, entonces, en facilitar que decline la inflación y que la FED no sea un incendio que prenda fuego a los bonos.




