La actualización de las guías alimentarias en Estados Unidos volvió a poner en discusión el rol de las proteínas, los lácteos, las grasas y los ultraprocesados, y abrió un interrogante que trasciende la nutrición: cómo influyen la cultura, los hábitos y el contexto social en la forma en que comemos hoy.

Estados Unidos actualizó sus guías alimentarias y volvió a abrir el debate sobre qué significa comer bien. El cambio no es solo visual, ya que la clásica pirámide ahora aparece invertida, sino conceptual: el nuevo esquema promueve más proteínas, mayor consumo de lácteos y una reducción drástica de los alimentos ultraprocesados.
Las directrices, que se revisan cada cinco años, se apoyan en una consigna central: priorizar la «comida real». Es decir, alimentos frescos, mínimamente procesados y densos en nutrientes, en respuesta a una crisis sanitaria marcada por el aumento de enfermedades crónicas asociadas a la mala alimentación.
Para la nutricionista Candela Lepera, el giro no es tan rupturista como algunos plantean. «El objetivo es mejorar la calidad alimentaria y generar impacto para repensar cómo comemos. No es una dieta estricta, sino un marco general», explicó.
Uno de los cambios más notorios es el protagonismo que adquieren las proteínas. La nueva pirámide pone fin a lo que define como «la guerra contra las proteínas» y recomienda que cada comida priorice fuentes de alta calidad, tanto animales como vegetales.
El listado incluye carnes, aves, huevos, mariscos y lácteos enteros, junto con legumbres, frutos secos y semillas, siempre acompañados por grasas saludables provenientes de alimentos integrales como aceitunas y palta. En ese esquema, la carne vuelve a ocupar un lugar central, con porciones moderadas y énfasis en cortes magros.
Frutas, verduras y menos ultraprocesados
El modelo también refuerza el consumo diario de frutas y verduras enteras, frescas y variadas. La recomendación concreta es tres raciones de verduras y dos de frutas por día, priorizando colores y diversidad nutricional.
El objetivo es consumir menos productos industriales y más alimentos en su forma original. En esa línea, se desalienta el consumo de bebidas azucaradas y productos con alto contenido de sal, azúcar o aditivos.
Hidratos y lácteos: menos refinados y el fin del miedo a las grasas
Los carbohidratos quedan ubicados en la parte inferior de la pirámide invertida, lo que indica que no deberían ser la base de la alimentación diaria. La recomendación es optar por cereales integrales ricos en fibra y reducir significativamente harinas blancas, pan refinado y productos ultraprocesados que «sustituyen la nutrición real».
La guía apuesta por el consumo de tres porciones diarias de lácteos y propone dejar atrás la demonización de las grasas. Se promueve su incorporación a partir de alimentos enteros como huevos, carnes y lácteos, siempre dentro de un esquema equilibrado.
Este punto generó debates entre especialistas, especialmente por el uso de lácteos enteros frente a versiones descremadas, una discusión que sigue abierta en el ámbito de la nutrición cardiovascular.
Otro cambio llamativo es la flexibilización de las pautas sobre alcohol. Ya no se fijan límites diarios diferenciados por género, sino que se aconseja limitar su consumo en general y evitarlo por completo en situaciones específicas como embarazo, tratamientos médicos o antecedentes de adicción.
El plato argentino: otra lógica
En Argentina, el enfoque es diferente. Desde 2016 se utiliza el «plato» como guía visual, con el agua en el centro y una distribución proporcional de alimentos alrededor. El objetivo es reforzar la hidratación, reducir el consumo de sal y promover la actividad física como parte del mismo mensaje sanitario.
Además, las guías locales se actualizan cada diez años, el doble del plazo estadounidense.


