LA TRAGEDIA EDUCATIVA: “NO PODEMOS SEGUIR USANDO LA FALTA DE RECURSOS COMO EXCUSA”

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Jaime Saavedra, experto del Banco Mundial y director de Desarrollo Humano para América Latina del organismo, destaca la importancia de invertir en educación para una economía exitosa

Saavedra considera que el contrato social está roto. “En países desiguales es que la élite resuelve el problema por su cuenta en escuelas privadas y se desentiende de la educación pública, donde está el 70% de los chicos”, describe el director de Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe del Banco Mundial. Y afirma: “Necesitamos que la sociedad en su conjunto exija calidad para todos, no solo para sus propios hijos”.

Economista y exministro de Educación de Perú, previo a su puesto actual lideró la Práctica Global de Educación de la institución. Saavedra remarca que la alfabetización “es la base fundamental de todo”, pero no es solo una cuestión educativa, sino que impacta en la economía de los países.

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En una entrevista con La Nación durante el Encuentro Internacional Alfabetización, Equidad y Futuro, que tuvo lugar en Brasilia, organizado por el Ministerio de Educación brasileño y el Instituto Natura, apuntó: “Los países con economías exitosas que brindan bienestar a su gente son aquellos que han invertido en las personas”.

—¿Qué están observando en América Latina y particularmente en la Argentina?

—En la Argentina, los aprendizajes han estado estancados en los últimos 20 años, y lo mismo sucede en promedio en América Latina. Es inaceptable porque no somos una región sin recursos. No podemos usar la falta de plata como excusa. Existe una gran heterogeneidad en la calidad de escuelas y docentes: ahí es donde debemos invertir, asegurarnos que todos tengan materiales y que los docentes tengan la preparación adecuada. No es solamente haber estado cuatro años en una universidad, implica haber tenido la formación práctica y tener feedback permanente sobre cómo está siendo tu práctica docente en el aula.

—¿Esa responsabilidad es del Estado?

—La mayor parte de la educación es pública y el sector público recibe el encargo de la sociedad de asegurarse que se eduque a todos los chicos. La parte que es privada debe ser regulada, el Estado tiene la responsabilidad de asegurar que la provisión, sea pública o privada, sea de buena calidad. Ese es el punto central. En países ricos como Singapur, Nueva Zelanda, Noruega, Canadá o Estonia, el 95% de la educación es pública porque lo han visto como un mecanismo efectivo de movilidad social, de igualación de oportunidades. En otros como Holanda o Japón, hay más cobertura privada, pero el punto central es garantizar la calidad para todos y la sociedad debe asegurarlo.

—¿Cómo?

—Debe exigirle eso al Estado, y las sociedades latinoamericanas fallan a veces. Que la educación no sea de buena calidad en un barrio o provincia debería ser un escándalo. Es muy importante y valioso que existan iniciativas privadas que presionen y trabajen con otros actores para empujar como sociedad a que el Estado haga mejor su trabajo en educación. Pero no vemos a todo el sector privado involucrado en exigir una educación de calidad.

El problema en países desiguales es que la élite a veces resuelve el problema por su cuenta en escuelas privadas y se desentiende de la educación pública, donde está el 70% de los chicos. En países escandinavos, un padre manda a su hijo a cualquier escuela porque todas son iguales y buenas. Ese es el rol del Estado y para eso pagan sus impuestos, ese es el contrato social. En nuestras economías ese contrato está roto. Necesitamos que la sociedad en su conjunto exija calidad para todos, no solo para sus propios hijos.

—¿Eso pasó cuando estuvo al frente del Ministerio en Perú?

—Perú había quedado último entre los países participantes de PISA. Ese “shock” ayudó a generar algo que muchas veces falta en educación: un sentido de urgencia compartido por el Ejecutivo, el Congreso, los medios, las familias y el propio sector educativo.

—¿Cuál diría que fueron las claves de su reforma?

—Fueron tres. Primero, una narrativa simple y consistente sobre qué estábamos tratando de cambiar. Ordenamos la agenda en cuatro ejes: docentes, aprendizajes, infraestructura y gestión, “las cuatro ruedas del auto”. Si una fallaba, el sistema no avanzaba. Este concepto simple, permitió alinear prioridades y, sobre todo, sostenerlas en el tiempo.

Segundo, poner a los docentes en el centro como aliados y como parte de la solución. Eso implicó una lógica de oportunidad con exigencia: avanzar hacia una carrera meritocrática (concursos de ingreso y ascenso, evaluaciones), pero al mismo tiempo mejorar condiciones y reconocimiento. Los salarios aumentaron de manera importante, y el mensaje fue claro: mejores ingresos con estándares más altos y un Estado que no solo pide resultados, sino que da herramientas y apoyo para que el docente pueda hacer su trabajo.

Tercero, gestión con datos a nivel de escuela y de aula, disponibles para toda la comunidad educativa. Impulsamos evaluaciones censales en grados clave y, sobre todo, devolvimos la información: los resultados llegaban al director, al docente y a las familias. No era data “para Lima” o solo para el Ministerio; era para que cada escuela pudiera mirarse, identificar rezagos concretos y tomar decisiones. Así, cada director sabía con claridad dónde su escuela estaba mejorando y dónde estaba fallando, y el sistema podía distinguir qué escuelas tenían prácticas efectivas y cuáles necesitaban más apoyo.

—¿Qué reflejaron los resultados?

—Hay dos referencias claras. En las evaluaciones censales se observaron mejoras sostenidas en aprendizaje durante esos años. Y en PISA, Perú pasó de estar al final de la tabla a registrar uno de los mayores avances de la región en el período siguiente.

—El Banco Mundial habla de “pobreza de aprendizaje”. ¿Qué engloba ese concepto?

—Es una forma sencilla de explicar el problema de la alfabetización: es el porcentaje de niños que a los 10 años no pueden leer ni entender un texto simple. Todos deberían saber el de su país. Esa cifra debería ser cero, porque a los 10 años todo niño debería poder leer y entender lo que leen. Antes de la pandemia, en América Latina era del 56%, mientras que en Corea es del 3% y en Singapur del 2%. En África es 90%. Se construye con pruebas internacionales como las de la Unesco (ERCE) y otras similares en África, Asia.

—¿Cómo evolucionó con la pandemia?

—Durante la pandemia se hizo una estimación en 2022, en la pudo llegar al 70%. Se espera publicar nuevos datos a finales de este año con el procesamiento de la encuesta de 2024.

—¿Cuál es el impacto que puede tener la educación en el crecimiento de los países?

—Más o menos el 40% del crecimiento se explica por las inversiones en capital humano. Hay muchas maneras de verlo, hay estudios recientes que muestran que en las últimas dos décadas el capital humano ha contribuido con alrededor de 0,6 puntos porcentuales adicionales al crecimiento anual del ingreso. Es decir, si un país iba a crecer al 2% anual, si tienes las inversiones en capital humano correctas, ese 2% sube a 2,6.

—La alfabetización entonces no es solo una cuestión educativa.

—La alfabetización es la base fundamental de todo. Es la herramienta que permite llevar a cabo un proceso educativo exitoso. El acumular conocimientos a lo largo de un proceso educativo define demasiadas cosas, no solo la movilidad social, sino el tipo de empleos a los que accederás, qué tan productivo serás y cómo te insertas en la sociedad. Los países con economías exitosas que brindan bienestar a su gente son aquellos que han invertido en las personas. No todos son economías ricas en recursos naturales; por ejemplo, Noruega lo es, pero Singapur o Corea no tienen recursos naturales y ambas son economías que pudieron crecer invirtiendo en su gente.

—¿Cómo se invierte en la gente?

—Lo primero es asegurarnos como sociedad dar un servicio educativo que logre competencias fundamentales. Aunque se construyan escuelas, lo más importante es el factor humano. La educación es interacción entre maestro y niño y sus compañeros. Lo que define la calidad de los sistemas educativos es la calidad de la gente que está involucrada en el proceso: la formación académica y práctica de los maestros y directores. Además de tener esas capacidades, deben tener un sentido de misión: el rol del docente no es solo “enseñar”, sino asegurarse de que todos los chicos aprendan.

Si el niño tiene problemas en casa o nutricionales, el esfuerzo debe ser mayor, pero el maestro sigue siendo responsable de que todos aprendan, sin importar el nivel socioeconómico. Todos los niños pueden aprender.

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