El shock petrolero dejó de ser solo una amenaza en ciernes, al iniciarse la tercer semana de conflicto armado en Medio Oriente. Las esquirlas ya se sienten en los mercados y la economía.
La firmeza mostrada por el gobierno de Trump en el rumbo de la guerra de Medio Oriente, ya empieza a mostrar un costado débil.
La guerra en Irán estrenó su tercera semana. Pese a que el presidente Donald Trump, el lunes pasado, la dio por “prácticamente terminada”. Irán ya “no tiene marina, no tiene comunicaciones, no tiene fuerza áerea”, dijo. “Si uno mira, ya no les queda nada. Nada en términos militares”. Arrasada, Teherán todavía tiene leverage y voluntad de combate. Además, el régimen islámico mantiene las riendas del poder interno, aunque debió cambiar de ayatolá Jameneí. Muerto el padre, viva el hijo. No importó que Trump lo considerase inaceptable. Irán no es Venezuela. No se rinde, no pide clemencia y promete venganza. Posee misiles, drones y lanzaderas móviles – son apenas una fracción de las disponibles quince días atrás – para asolar a Israel, a sus vecinos y a la navegación por el estrecho de Ormuz (como lo testimonia la destrucción de más de una docena de buques). Esta última facultad – el bloqueo por la vía de la amenaza de agresión de un paso clave para el tráfico de 20 millones de barriles diarios de crudo, una quinta parte del consumo global – es la palanca que compensa la asimetría de poderíos, sostiene la guerra y prende fuego a los precios de la energía.