La Bolsa permanece bajo presión, pero indemne. Si la salud de la economía se pone en dudas, una corrección de 10% sería el escenario más probable.
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Wall Street resiste, pero una corrección es uno de los escenario posibles. Además, el mercado ya se pregunta ¿la IA es una burbuja?
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La novedad de la semana fueron hechos concretos, no palabras. Un inversor de leyenda, Michael Burry, quién inspiró el protagonista de la película The Big Short, reveló que 80% de su portafolio se basa en dos apuestas en contra de Nvidia y Palantir, las dos estrellas en el firmamento de la inteligencia artificial (IA). Burry hizo una fortuna cuando anticipó la burbuja y la crisis hipotecaria de 2007-2009. Para repetir la saga debe ser muy preciso en tiempo y forma. ¿La IA es una burbuja? No alcanza con que lo sea, además tiene que pincharse. La corrección debe acechar a la vuelta de la esquina. Palantir presentó un gran balance, pero bajó 11% en la semana, la peor desde abril. Nvidia se hundió 7%. El Nasdaq, que las aloja, reculó 3%. Otros papeles que Burry no tocó directamente, como Oracle (-8,8%), cayeron igual. Y 820 mil millones de dólares de valor de mercado del sector de IA se evaporaron en el entrevero. Esto ya es una guerra declarada, no solo un intercambio de opiniones. Y se despliega muy agresiva contra reloj.
¿Qué mantiene a la Bolsa de pie – a tiro (2,4%) de sus máximos – cuando otros rallies más pujantes lamen sus heridas? Los balances. Su notable solidez. El “timing” de su difusión tampoco podía ser más apropiado. Las ganancias por acción del S&P 500 del tercer trimestre mejoran semana tras semana. Y proyectan un aumento interanual de 13,1% cuando se esperaba que fuese 7,9% a fin de septiembre. Ocho de cada diez compañías que ya publicaron sus números sorprendieron de forma positiva. A nadie escapa que esto es un severo examen de estrés. Balance que no luce impecable, cualquier duda que surja, acción cuyo precio pasa por la guillotina.
¿Qué voltearía a la Bolsa? Una recesión. Digámoslo así, si la salud de la economía se pone en dudas, una corrección de 10% sería el escenario más probable. Si la recesión se perfila con nitidez, la zancadilla trocará en una caída vertical, con destino directo de mercado bear. Se discute mucho la valuación de la Bolsa. Pero se discute, y no se le baja el pulgar, porque la economía no afloja, aunque su pujanza se bifurca (concentrándose en el gasto de aquellos con ingresos más elevados). El S&P 500 cotiza a 22,7 veces las ganancias esperadas para los próximos 12 meses. Es una relación altísima. El promedio de los últimos diez años es 18,6. Una recesión destruiría las ganancias y el múltiplo que se paga por ellas. Se llevaría consigo, a la vez, el pincel y la escalera. Que la FED demuestre tanto celo en preservar la salud del mercado de trabajo, cuando se sabe que la actividad económica tracciona bien (y que la inflación no convergerá pronto a la meta) es un reaseguro convincente. Baje o no la tasa en diciembre. Eso es secundario. Todo indica que el PBI creció el tercer trimestre a mayor velocidad que en la primera mitad del año: alrededor de 2,5%. La FED de Atlanta, en su pronóstico en tiempo real, arriesga 4%. De esa fortaleza se nutren los balances. Y el cuarto trimestre se inició con pie firme, según los informes PMI.
Lo que no mata, fortalece. Si “Big Short” Burry compra puts y su estocada no prospera, deberá recomprarlos. Con el “shutdown” – que ya es el más largo de la historia – el Gobierno continúa recaudando los impuestos, pero posterga el gasto. La liquidez del sector privado se drena por demás y se acumula en las cuentas de la Tesorería en la FED. El saldo allí que era de 400 mil millones de dólares en julio, creció 200 mil millones desde octubre y roza el billón de dólares. El final del shutdown, que no debería estar muy lejos, devolverá esa liquidez a modo de aluvión. La FED, por su parte, ya anunció el final de su política de reducción de bonos en cartera, el QT, que también quita lubricación. Lo hará a partir del 1 de diciembre. Y la semana pasada, John Williams, de la FED de Nueva York, avisó que el próximo paso, que no demorará demasiado, será retomar la compra de activos para asegurarse de que el sistema financiero opere en condiciones de fluidez y con reservas “amplias”.
Son cambios importantes. El QT se mantenía encendido desde 2022. La oferta de liquidez es un resorte que dejará por fin de comprimirse. Pero, además, le espera una expansión. Los bolsones recientes de iliquidez puntual – reflejados en la utilización de la ventanilla de pases por parte de la banca y la evolución de las tasas de los pases tripartitos por encima del corredor de fed funds – no son ajenos al contexto financiero de mayor pesadez. El “colchón” de liquidez excedente se agotó. Los pases pasivos del sistema con la FED disminuyeron de 2,2 billones de dólares en los inicios de 2022 a virtualmente cero desde octubre (cuando el “shutdown” prendió la aspiradora “extra” de recursos). Si la Bolsa se dobla, pero no se rompe, una inyección renovada de liquidez le permitirá, más temprano que tarde, aceitar un contraataque. La estacionalidad propicia de fin de año incita a los toros a resistir el chubasco y no entregarse. Por eso las agachadas han sido frecuentes, pero no les faltó compradores.




