El futuro jefe de Gabinete fue clave para destrabar negociaciones sinuosas con los gobernadores durante su paso por el Ministerio del Interior. Guiño a la moderación en medio del ruido libertario.
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«Los gobernadores le piden diez y cumple cinco. En este contexto, es un montón». Las palabras de un operador que sobrevuela administraciones dialoguistas grafican el espíritu de la gestión de Diego Santilli durante su paso por el Ministerio del Interior, un periplo donde combinó hermetismo, muñeca política y agenda para pavimentar algunas victorias resonantes del oficialismo, incluso en época de vacas flacas.
Santilli dio el salto a la Jefatura de Gabinete tras casi siete meses como embajador ante las provincias. Había llegado al cargo de ministro en noviembre pasado, después de las intempestivas renuncias de Guillermo Francos y de su mano derecha, Lisandro Catalán, hoy abocado a los asuntos tucumanos. En la antesala, el dirigente del PRO se hizo cargo de una papa caliente: reemplazó a José Luis Espert al frente de la boleta libertaria bonaerense, en una muestra de lealtad que el Presidente y su círculo ponderaron.

