¿MIRAR O VER?: CARTOGRAFÍAS DEL SUICIDIO EN CHACO Y CORRIENTES

Las muertes autoprovocadas dibujan patrones en el territorio. Especialistas en el tema analizan qué relación guardan con el aislamiento, los lazos sociales, las condiciones económicas y las posibilidades de construir un proyecto de vida.

Texto: Silvana Sanabria.

Fotos: Jorge Tello.

«La enfermedad nunca es neutra. 

El tratamiento nunca está libre de ideología. 

La mortalidad nunca está exenta de política». 

Anne Boyer, Desmorir. 

«Vivimos en una época privada de futuro. La espera de lo que venga ya no es esperanza sino angustia», decía la filósofa francesa Simone Weil en 1934, 92 años atrás, y parece dialogar con cierto espíritu de época que sobrevuela en círculos por estos días.

Y es que los suicidios e intentos en el Puente General Belgrano aparentan ser la faceta más visible de un  problema mucho más extendido y profundo que se replica puertas adentro en casas, escuelas, espacios de trabajo e instituciones de todo tipo donde las personas desarrollan sus actividades cotidianas: el 65,4% de las muertes autoprovocadas ocurrieron en domicilios particulares, y en segundo lugar en la vía pública, con el 9,9% de los casos, según el informe del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) del Ministerio de Seguridad de la Nación correspondiente al año 2024 y publicado este año.

Si además tomamos en cuenta que, a contramano de lo que sucede en el resto del mundo, la región de las Américas es la única donde los suicidios van en aumento — según el informe de la OMS «Suicide worldwide in 2021: Global health estimates»(1) — , una serie de preguntas comienza a tomar forma.

En ese informe se menciona que, entre 2000 y 2021, la tasa mundial estandarizada de suicidio cayó 35%. Descendió en África (-3%), Asia Sudoriental (-26%), Mediterráneo Oriental (-30%), Europa (-48%) y Pacífico Occidental (-50%). La única región de la OMS donde aumentó fue la de las Américas: +17%.

¿Qué es el suicidio y por qué cada vez más personas eligen provocarse la muerte específicamente en esta parte del planeta y no en otras? ¿Existe una correlación entre el territorio, las condiciones socioeconómicas y el aumento de los casos?

Podemos encontrar una primera respuesta en la conceptualización presentada por el Ministerio de Salud de la Nación junto a Unicef y la Sociedad Argentina de Pediatría en su informe titulado ‘Abordaje integral del suicidio en las adolescencias’, que enmarca a la problemática dentro del enfoque que estudia las violencias, entendidas como «el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones».

En ese contexto, el documento sitúa a la problemática del suicidio como una de las múltiples manifestaciones de las violencias, entendiéndolo como un fenómeno multicausal en el que interactúan factores del orden individual, familiar, social y comunitario. Multicausal. Una palabra a la que volveremos varias veces en este camino.

Carlos Leveau: «El suicidio se concentra en determinadas zonas del país»

Carlos Leveau es licenciado y doctor en Geografía, magíster en Epidemiología, Gestión y Políticas de Salud e investigador adjunto del CONICET. Especializado en epidemiología espacial, dedicó décadas de su vida a estudiar cómo los factores sociales, territoriales y demográficos inciden en la distribución de distintas causas de mortalidad. Desde hace años investiga particularmente el suicidio en Argentina, con trabajos sobre desigualdades regionales, ruralidad, fragmentación social y posibles problemas de subregistro en las estadísticas oficiales.

«Realizamos un estudio del suicidio como un fenómeno complejo donde intervienen factores de tipo individual, considerando que es una decisión individual que se aborda desde la psicología y psiquiatría, pero también está atravesado por fenómenos a múltiples niveles de la realidad. Aspectos sociales, ambientales, demográficos, económicos. Bajo esa perspectiva estudiamos geográficamente el suicidio», explica en la entrevista que compartimos mediante videollamada. Multicausal.

Como todo estudio, se trata del recorte de una problemática compleja, guiada en este caso por dos preguntas, según indica Carlos: «¿En Argentina el suicidio se distribuye homogéneamente en el territorio? Esto es el riesgo de suicidio entendido como una tasa de mortalidad, la cantidad y la frecuencia con que ocurre el fenómeno de acuerdo con los tamaños poblacionales heterogéneos de las diferentes zonas del país. ¿Es homogéneo o se concentra en determinadas zonas? Y la segunda pregunta: ¿Qué factores de área, territoriales, son los que están asociados a estas tasas mayores en algunas zonas que en otras?«.

La respuesta a la primera pregunta es un rotundo ‘no’. «El suicidio se concentra en determinadas zonas del país. Este riesgo alto de suicidio suele ser similar en determinadas regiones con respecto a otras. Y esto lo asociamos a fenómenos sociales y geográficos», señala el investigador. 

El primero de esos fenómenos es la ruralidad. «El riesgo de suicidio es mayor en las áreas rurales, de menor densidad de población donde la gente vive geográficamente más aislada o hay pueblos más pequeños. A esto se suma que la población masculina tiene en general menor propensión a acudir a los servicios de salud mental, que son también menos accesibles en términos geográficos. Además hay una cultura de la tenencia de armas que suele ser mayor en determinadas actividades ganaderas y eso lleva a un mayor acceso a medios más letales. También la cultura masculina, a diferencia de en las grandes ciudades, suele ser menos propensa a visitar a un psicólogo o psiquiatra, y a expresar sus emociones», enumera.

Los datos lo respaldan. La brecha por sexo aparece con claridad en las estadísticas oficiales: tanto el Ministerio de Seguridad como el de Salud muestran que alrededor del 80% de las muertes por suicidio corresponden a varones y cerca del 20% a mujeres. Ellos utilizan métodos más letales, pero ellas presentan una mayor cantidad de intentos con métodos de menor letalidad.

El segundo factor asociado a la tasa de suicidio es el índice de fragmentación social que construyeron en equipo con datos censales. «Nos basamos en el estudio pionero de Durkheim en el siglo XIX y también en muchos otros estudios que se han llevado a cabo en Francia, Estados Unidos, Inglaterra, que lo que plantean hoy en día es que el suicidio está asociado a una pérdida de lazos sociales, a un declive generalizado de las instituciones: familia, escuela, partidos políticos, sindicatos, religiones. Ese declive de las instituciones también lo es de los lazos sociales, y esa pérdida de la sociabilidad está asociada al aumento en las tasas de suicidio«.

Ese índice de fragmentación social incluye cinco variables: población, hogares unipersonales, porcentaje de población que ha migrado, estabilidad residencial (cantidad de viviendas en alquiler en una zona), y porcentaje de personas divorciadas o viudas. «La idea no es ver si el suicidio se asocia a que haya más porcentaje de alquiler en un barrio, sino asociar la tasa de suicidio con todos estos factores combinados», precisa el investigador.

En ese contexto, áreas del país con un alto porcentaje de hogares unipersonales, migración, y viviendas en alquiler indicarían la existencia de «una menor intensidad en los lazos sociales». Leveau aclara el alcance de esa asociación: «Lo que hemos visto es que la tasa de suicidio en Argentina en los últimos años, y desde la década del 90, se asocia a determinadas zonas con este indicador. Cuando este indicador es mayor, la tasa de suicidio suele ser mayor también».

Otro de los ejes de las investigaciones geográficas sobre suicidio es la concentración no solo en el espacio geográfico sino también en el tiempo. «Hemos visto que la mayor concentración en el tiempo se ha dado con la crisis del 2001. En ese año y el 2002 hubo un pico de tasa de suicidio, que en Argentina se concentró en determinadas partes del país, por ejemplo en la región pampeana».

El constante aumento del endeudamiento y la morosidad, especialmente en jóvenes, también aparece en la escena actual para Leveau: «Millones de personas están endeudadas y la carga se pone sobre la persona que se endeudó, como si esa elección fuese libre y desvinculada del contexto económico».

Jessica Sabao: «El mayor acto de violencia»

Jessica Sabao es licenciada en Psicología, integrante del Programa Provincial de Salud Integral en la Adolescencia del Chaco y de la Mesa Intersectorial de Prevención del Suicidio y Abordaje de la Posvención. Además, fue una de las coordinadoras del Protocolo de Abordaje Intersectorial del Suicidio, una herramienta elaborada para articular la prevención, la atención, el registro y el acompañamiento posterior a estos hechos.

«El suicidio lo pensamos como un fenómeno social, multicausal, analizado desde el modelo ecológico que nos permite entender que la individualidad tiene una historicidad: una familia, un barrio, una escuela, instituciones. Uno es parte de otras esferas», plantea y añade: «Se entiende como el mayor acto de violencia porque es el dirigido hacia uno mismo. Si uno lo piensa desde el modelo ecológico, el suicidio cuenta con un factor acumulativo«.

Esta forma de entender el fenómeno es producto de un largo camino de estudios sociales y en materia de salud pública. «Antes se pensaba que el suicidio no se podía prevenir», recuerda Jessica. «Se creía que, de repente, una persona tenía la idea del suicidio, nadie se enteraba y había un pasaje al acto donde la persona quedaba por fuera de cualquier posibilidad de pensar. A raíz de esto, históricamente se ha dicho y es uno de los mitos que rodean al tema, que ‘el que lo dice no lo hace’. Porque se pensaba que era algo que uno lo venía tramando de forma inconsciente y paralela al pensamiento. Como un automaton, una patología en la que la persona no tenía posibilidades de manejarlo».

Esto cambia a partir de la década de 1950 en Estados Unidos con el nacimiento de lo que hoy conocemos como ‘suicidologìa’, esto es: el estudio interdisciplinario del comportamiento suicida, luego complementada en la década de 1960 en Europa, cuando la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP, por sus siglas en inglés) introduce la noción de prevención vinculada a este fenómeno.

«Con esa línea internacional se empieza a hablar de la prevención del suicidio y esto da pie a un montón de líneas de investigación, entre ellas la suicidología, que empieza a establecer cuáles son los perfiles o características de las personas que podrían tener tendencia al suicidio. Nosotros no tomamos esta línea, porque dentro de esa caracterización de perfil aparecen cuestiones difíciles como la fisonomía de los ojos, la teoría japonesa de los tres blancos, entre otras cuestiones».

Se trata del Sanpaku gan, una creencia popular japonesa que asegura que ver las partes blancas de los ojos por encima o por debajo del iris es un indicador de un desequilibrio físico y espiritual que lleva a un destino trágico.

«Nosotros no tomamos la suicidología, pero sí tomamos la prevención a partir del modelo ecológico y desde conceptualizar al suicidio como parte de las violencias», subraya Jessica. Desde esa mirada trabaja la Mesa Intersectorial de Prevención del Suicidio y Atención de la Posvención, convocada en 2019 y formalizada en 2020, que reúne a representantes de los ministerios y áreas de Salud Pública, Educación, Desarrollo Humano, Seguridad, Derechos Humanos y del Poder Judicial.

Su principal objetivo: lograr la disminución de la incidencia y prevalencia del suicidio en la provincia, acompañando además a quienes deben intervenir frente a muertes por suicidio, intentos, autolesiones o signos de alarma. Además, busca unificar el sistema de notificación, registro y análisis de los datos de todas las áreas que intervienen, estableciendo que tanto los intentos como los suicidios consumados deben notificarse obligatoriamente a la mesa, con el objetivo de posibilitar tanto el estudio estadístico como la intervención.

Sin embargo, y pese al trabajo de la mesa, la provincia del Chaco hoy no cuenta con un registro unificado de suicidios, y los datos se encuentran en diversas fuentes, no todas accesibles: los informes de estadísticas vitales (de acceso público desde 2021 a 2024 y que presentan información específica sobre defunciones por suicidio solo en 2023 y 2024), los informes nacionales (del SNIC y del Ministerio de Salud de la Nación), los registros de las guardias remotas en salud mental, y los registros policiales del Servicio de Emergencias de la Línea 911 de la Policía del Chaco a los que esta cronista solicitó acceso sin obtener respuestas hasta el cierre de esta nota.

El problema del subregistro

El desarrollo del protocolo surgió, en parte, de la necesidad de contar con un registro apropiado. «Hoy hay un subregistro de casos, porque cada área anota como quiere una muerte por suicidio. Ponen por ejemplo ‘muerte por asfixia’, o ‘muerte por sumersión’, y nadie va a entender que es un suicidio. El registro que proponemos es ajustado a tiempos reales. Hoy tenemos la información, no necesitamos procesarla como sí debe hacerlo el área de estadística sanitaria«.

Lo dicho. En 2021 y 2022 los anuarios de servicios de salud chaqueños no muestran una categoría de suicidio, como sí lo hacen las estadísticas vitales de 2023 y 2024. En ese sentido, en 2023 se registraron 116 defunciones por suicidio en Chaco mientras que en 2024 fueron 92. Una salvedad: para realizar un análisis estadístico de series temporales en esta temática, el uso de cuatro años o más de registros consecutivos es un estándar metodológico mínimo para poder establecer patrones, calcular promedios e identificar tendencias. Contaremos con esta información de acceso público a finales de 2027, probablemente.

En ambos años se observa una fuerte brecha de género. En 2023, 85 de las 116 víctimas fueron varones y 31 mujeres: un 73% contra 27%. En 2024 hubo 72 varones y 20 mujeres, por lo que la cifra masculina subió a aproximadamente 78% del total. A nivel etario, la mayor concentración estuvo entre adolescentes, jóvenes y adultos jóvenes.

En Corrientes la falta de acceso a información pública sobre la problemática es aún mayor, ya que la provincia no cuenta con estadísticas provinciales de acceso público sobre la temática. La dificultad en el acceso a datos estadísticos fue una constante durante la redacción de esta crónica.

Carlos Leveau también aportó información en este sentido. El análisis de las series de Chaco y Corrientes muestra un período de mayor subregistro entre 2011 y 2018, especialmente en Corrientes, con un aumento de las muertes violentas cuya intención no pudo determinarse. Parte de esos casos podría corresponder a homicidios o suicidios y, según un estudio extendido hasta 2023, crecieron particularmente las muertes dudosas por ahorcamiento.

Aunque esto puede generar una subestimación de las tasas en determinados años y lugares, «no modifica la tendencia general», señala Leveau. Al comparar los registros de los ministerios de Seguridad y Salud, ambas fuentes muestran una evolución similar: en Chaco se observa una tendencia ascendente y, en Corrientes, pese a mayores oscilaciones anuales por el menor número de casos, el comportamiento también resulta coincidente en los últimos años.

El NEA, bajo el prejuicio de que ir al psicólogo «es para locos»

Sue Schneider es licenciada en psicología y psicoanalista. Trabaja en las localidades de Barranqueras y Resistencia con pacientes que, en algunos casos, atravesaron intentos de suicidio.

«Es una cuestión multifactorial, y a veces noto cómo se pone el acento solamente en la salud mental. Pero si no hay por detrás políticas integrales de infraestructura, educación, acceso al trabajo y a la vivienda, es complicado. Si no tenés casa es muy difícil tolerar la vida, si no tenés trabajo es muy probable que te deprimas o no logres las cosas que querés lograr«, plantea.

La profesional coincide en considerar al suicidio nuevamente como un fenómeno multicausal vinculado a múltiples factores. «Las personas necesitamos un sostén, pero este es económico, amoroso, edilicio, estructural. Sin ese sostén empiezan estos vacíos, momentos donde el suicidio pasa a ser una posibilidad de una solución de algo. Esta es la paradoja: elijo quitarme la vida para no seguir viviendo así. Pero es porque no querés seguir viviendo así, pero querés seguir viviendo», ejemplifica.

También señala los peligros de la medicalización y el tratamiento individual del fenómeno. «A veces se pone el factor en la parte de la salud nada más y se dice ‘bueno, que la persona vaya a un tratamiento psicológico, o psiquiátrico’, que sí, es importante. Acá en el Nea todavía persiste el prejuicio de que ir al psicólogo es ‘para locos’, o llegan al profesional de salud mental cuando ya pasaron por todas las otras opciones. Y de repente nos encontramos en casos donde el paciente no tiene trabajo, no puede sostener a su familia, no puede progresar. Y está pasando otra cosa. Aunque yo le dé 25 turnos y antidepresivos esto no tiene una solución únicamente desde el área de salud mental«.

Cuando el futuro se fue

En 2024, el suicidio fue la principal causa específica de muerte entre los adolescentes de 15 a 19 años y los jóvenes de 20 a 24 años en Argentina, según las Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud de la Nación, superando de esta manera a los accidentes de tránsito.

En la franja de 15 a 19 años hubo 294 muertes por suicidio. Le siguieron los accidentes de tránsito de vehículos de motor, con 240, mientras que las agresiones registraron 92. En 20 a 24 años, los suicidios fueron 493, frente a 354 muertes por accidentes de tránsito y 137 por agresiones. Los especialistas coinciden. Adolescentes y jóvenes están en el centro de esta tormenta que parece crecer un poco más cada año.

«En la adolescencia, las causas aparentes pueden ser situaciones de violencias sexuales, exposición a situaciones de violencia familiar, violencias de género o violencias sexoafectivas», enumera la psicóloga Jessica Sabao.

En ese contexto, aparecen lo que se conoce como factores de riesgo y factores protectores, dos conceptos que provienen de los estudios en epidemiología y medicina preventiva. En su ‘Guía breve para la prevención, detección y abordaje de la conducta suicida en jóvenes’ el Observatorio de Psicología Aplicada de la UBA establece que «debido a la complejidad del fenómeno suicida y a que ha sido imposible identificar una única causa que explique la conducta de manera aislada, los enfoques científicos la atribuyen a la interacción dinámica de factores de riesgo y factores protectores«. Estos pueden ser de diversa naturaleza: biológicos, psicosociales, familiares, de historia de vida y socioculturales. Y resultan clave para la evaluación del riesgo.

A modo de ejemplo, el documento señala que si un joven «presenta tristeza evidente (manifiesta llanto o ánimo irascible, rabietas estridentes), falta de energía importante, dificultad marcada para disfrutar actividades que antes le divertían, dolor físico, severas dificultades de concentración y memoria, pero cuenta con factores protectores como acceso a la salud, un CI (cociente intelectual) superior a la media y una familia contenedora, tendrá mayores probabilidades de presentar un pronóstico positivo. Mientras que otro que forme parte de un grupo minoritario, sin apoyo familiar y dificultades de acceso a tratamiento no lo tendrá».

Jessica enumera algunos de esos factores: «si la persona está en una institución educativa, o en un espacio de deportes. Por eso hablamos de prevención inespecífica. Es decir que no vamos a ir a hacer prevención del suicidio directa, se hace prevención durante todo el año teniendo en cuenta las redes, los vínculos, situaciones de violencia familiar, y otros aspectos».

Y, por más difícil que sea aceptarlo, las conductas suicidas también pueden manifestarse en la niñez. «Muchas personas no entienden que en la infancia puede haber ideación y conducta suicida. Aparece como parte de una actitud de autolesión sostenida, sistemática. Y cuando analizamos un poco el fondo aparecen violencias familiares, castigos severos, tratos con una exigencia y crueldad hacia la niñez, culpabilización, y esto puede tener que ver con el funcionamiento de la pareja, con la situación económica. Todo esto aparece en los niños», subraya Jessica.

La psicóloga además señala como fundamental «que los jóvenes estudien un oficio, algo que los empodere en el ser, poder decir ‘yo hago esto’ y que tiene que ver con la dignidad del trabajo, de ocuparse en algo. Creo que los aumentos de suicidio pueden tener que ver con este momento donde estamos muy desprovistos de un acompañamiento y de opciones, de ofertas académicas y laborales. Tenemos en Chaco una población muy desamparada, al igual que en todo el país«.

Carlos también analiza el fenómeno desde su especialidad. «En la región de las Américas hay una desigualdad económica muy alta. Latinoamérica en los últimos años ha sido una de las regiones de mayor desigualdad y eso se traduce en que los jóvenes tienen cada vez menos posibilidades y están expuestos a una mayor precarización laboral. Siempre en las crisis económicas los jóvenes son los más vulnerables al desempleo«, advierte.

Respecto a la distribución espacial del suicidio joven, el geógrafo precisa: «Si tomamos datos desde la década del 90 hasta la pre pandemia, ha habido un aumento sostenido del suicidio joven y se ha dado especialmente en determinadas regiones como el Noroeste y en las provincias de Entre Ríos y Santa Fe, entre otras».

A partir de estudios focalizados en el Noroeste argentino, Leveau señala que encontraron una correlación entre una mayor cantidad de hogares monoparentales ocupados por mujeres jefas de hogar con el suicidio joven. «Estos hogares padecen una alta vulnerabilidad social porque las mujeres tienen que ocuparse de sus hijos e hijas, trabajar en espacios precarios, y afrontar trabas en el acceso a la justicia considerando que los padres no aportan económicamente. Hay mujeres que se han organizado en este sentido en la provincia de Salta, y mencionan los problemas de salud asociados a esto, puntualmente la cuestión de suicidio».

Por otra parte, Sue Shneider aporta una mirada desde el psicoanálisis. «Una lectura posible es que están caídas ciertas figuras de identificación, ideales, salidas, posibilidades. Y quitarse la vida puede pasar a ser algo con lo que uno puede quedar seducido. Hay ciertas funciones de los padres que están caídas, cierta autoridad, la capacidad de poder esperanzar, dar expectativas. Tal vez si eso estuviera un poco más fortalecido, la cosa iría por otro lado», sugiere.

Y agrega otro elemento a esa lectura: «Si la función de los padres está caída y están infantilizados o depresivos, o como sucede en tantas familias donde están todo el día trabajando en dos, tres o cuatro empleos muchas veces precarizados, hay realidades que favorecen que esto pueda estar al alcance de la mano».

¿Qué podemos hacer?

Las cifras no son alentadoras y las tendencias registradas en los últimos años muestran un aumento sostenido de este fenómeno. Aún así, hay al menos dos campos de acción posibles: el individual y el colectivo.

Enfrentado a la pregunta sobre qué políticas específicas se pueden tomar para abordar el aumento de casos, Carlos Leveau fue contundente: «Es prioritario mejorar el acceso a los servicios de salud mental, pero también mejorar las condiciones de vida diaria de la población. No solo el empleo y la calidad del trabajo, sino el espacio geográfico en general: apoyar a los clubes de barrio, un mayor acceso a espacios verdes como plazas o parques con infraestructura de recreación y contacto social donde la gente pueda ir, que haya una biblioteca, mesas de ajedrez. Posibilidades que hacen que la gente pueda relacionarse con otros».

Y en cuanto a qué podemos hacer individualmente, Jessica Sabao recordó la existencia, en Chaco, de la guardia remota de salud mental. «Llamás a la guardia remota, contás la situación y esto permite hacer una evaluación: cómo está, dónde vive, con quién, si va o no a la escuela, a algún merendero. Hay un profesional del otro lado ayudando a evaluar la situación. Y ahí el profesional te va a indicar cómo ir acompañando».

La provincia de Corrientes no cuenta con una línea de teléfono específica, pero existe un servicio de asistencia presencial las 24 horas en el Hospital de Campaña para atender a personas con riesgo de suicidio o en situaciones críticas.

La profesional formó parte de una investigación nacional vinculada precisamente a factores de riesgo, factores protectores y caracterización de población. «Trabajé en lo que se conoce como ‘autopsia psicológica’ que es poder caracterizar a la persona que se suicidó, pero no solo desde un perfil psicológico sino desde sus vínculos, por dónde se manejaba, qué hacía. Eran todos muy distintos, pero los suicidios de jóvenes de 18 a 20 años para arriba tenían que ver con proyectos de vida truncos, o con verse carente de recursos o posibilidades».

Señales de alerta y líneas de atención

Algunas señales que pueden indicar ideaciones o conductas suicidas son: hablar de morir, desaparecer o suicidarse de manera directa o indirecta, manifestar desesperanza por el futuro, presentar cambios drásticos de ánimo o comportamiento como un deterioro significativo en el desempeño escolar, laboral o cotidiano, aumentar el consumo de alcohol u otras sustancias, despedirse, cerrar asuntos pendientes o regalar objetos con valor afectivo, etc.

Si vos o alguien que conocés atraviesa una crisis de salud mental o una situación de riesgo de suicidio, hay distintas líneas de atención a las cuales podés acceder.

En Chaco: Guardia Remota de Salud Mental: atención gratuita y confidencial durante las 24 horas.

  • De 8 a 20: 3624618432.
  • De 20 a 8: 3624814825.

En Corrientes:

  • Línea 135: Teléfono por la Vida. Asistencia ante situaciones de crisis y riesgo suicida.
  • Línea 107: Dirección de Emergencias Sanitarias. Para situaciones que requieran asistencia sanitaria inmediata.
  • Línea 911: Emergencias. Ante situaciones de riesgo inmediato que requieran intervención de los servicios de emergencia.

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